Opinión

El «chapulineo» en la política

El «chapulineo» en la política.

El chapulineo en la política mexicana es prácticamente un uso y costumbre, donde “es válido” que personajes de la vida pública se pasen de un partido a otro y de un grupo otro, sin ningún pudor y sin hacer gestos.

El chapulín lleva en su salto el propio interés y jamás el bienestar de los demás.

¿De dónde viene la palabra chapulín?

Se trata de una palabra náhuatl, que viene de chapolin, formada por chapa (rebotar) y ulli (hule o caucho), por lo que por lógica suponemos que “rebotan” como si fueran pelotitas de hule.

Y, bueno, no es muy difícil inferir por qué se les dice chapulines a esos actores políticos que no tienen una ideología definida —hasta donde se alcanza a ver—, salvo la de su propia supervivencia.

A esos animalitos en México también les decimos “saltamontes”, aunque no he escuchado que a los chapulines políticos se la apliquen.

En la Biblia se habla de “langostas”, una plaga que asoló al antiguo Egipto.

Viéndolo bien, pueden llegar a ser verdaderas plagas si no se les controla y pueden llegar a destruir todo un ecosistema debido a su apetito natural.

Los chapulines políticos, por su parte, saltan a otro “ecosistema” —pues de donde vienen ya no hay campos fértiles que devorar— buscando alimento para su prole grupal.

Y arrasan con lo que hay a su paso, no importa si aquellos espacios estuvieron construidos por luchadores sociales, que bregaron desde abajo, lo que importa es que su salto le traerá un beneficio inmediato e instantáneo: llegan con la mesa servida porque saben mover el abanico y saben mover grupos sociales.

Y se atragantan hasta saciarse.

Una vez que han consumido todo, buscarán un nuevo territorio donde puedan reproducirse.

Carecen de toda empatía social, el fin último es su propia conservación.

Los chapulines políticos siempre han existido.

Después de la Independencia brincaron al nuevo gobierno del país naciente llamado México.

Luego de terminada la Revolución nuevos chapulines brincaron a los nuevos gobiernos, hasta que se volvió metódico, de trienio en trienio y de sexenio en sexenio.

Un modus vivendi. Y esos chapulines terminan por asumir el poder o al menos acaban destruyendo toda posibilidad de gobiernos progresistas, justos, democráticos, con dimensión social.

Quizá por eso estemos envueltos en bucles políticos que se repiten una y otra vez, y las revoluciones nunca acaben de cuajar debido al salto de los chapulines que no poseen conciencia social ni altura de miras.

Opinión: Ramón Cuéllar

ReporteDMX

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