Opinión

Chihuahua hace eventos cada vez más grandes, esto no es casualidad

En Chihuahua, los eventos masivos dejaron de ser esporádicos para convertirse en parte del ritmo cotidiano de la ciudad. La agenda se llena, los espacios se ocupan y la asistencia crece con cada convocatoria, proyectando una imagen de dinamismo que resulta difícil cuestionar desde lo superficial. Sin embargo, conforme esa tendencia se consolida, también se vuelve más evidente que hay una conversación que no está avanzando al mismo ritmo. Especialmente en lo que corresponde a la correcta implementación de protección civil.

No se trata de si los eventos funcionan, porque funcionan. Se trata de lo que no se está midiendo con la misma claridad. La capacidad real de sostenerlos cuando las condiciones cambian y los protocolos deben operar bajo presión. Y ese punto no es hipotético. Tiene antecedentes claros en la propia historia reciente de Chihuahua.

El Aeroshow de 2013 sigue siendo la referencia más directa. No solo por el número de víctimas, sino por la forma en que evidenció que un evento puede cambiar de rumbo en cuestión de segundos cuando la planeación no resiste la realidad. No fue una falla aislada. Fue la suma de decisiones que no lograron anticipar el comportamiento de un entorno lleno de personas. Donde la protección civil no alcanzó a contener lo que ya estaba mal planteado desde el inicio.

Años después, el colapso del escenario en Meoqui volvió a mostrar algo similar, aunque sin consecuencias fatales. La estructura cayó antes de que el público ingresara, lo que evitó una tragedia por cuestión de tiempo. Ese detalle es el que más peso tiene. Porque deja claro que el riesgo no desaparece. Solo espera el momento en que coinciden las condiciones. Y que la prevención no puede depender de que el evento aún no comience.

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Entre esos dos momentos se construye el presente. Eventos más grandes, mayor convocatoria y una operación que logra sostener ese crecimiento. Pero que sigue dejando preguntas abiertas sobre cómo se están ajustando los protocolos frente a esa misma expansión. La diferencia entre lo que se planea y lo que realmente ocurre no siempre es visible. Pero cuando aparece, lo hace de golpe. Y en ese punto la protección civil deja de ser un requisito administrativo para convertirse en el único factor que puede contener el daño.

Dentro de esa dinámica, la participación de perfiles como José Luis Jordán Orozco, desde la estructura institucional que impulsa estos eventos, y Héctor Reyes, hijo de ex-diputado duartista, en la ejecución operativa, no es un dato aislado. Es parte de una forma de organizar que privilegia que las cosas sucedan. Aunque no siempre quede claro quién responde cuando dejan de salir como se esperaba.

En este tipo de esquemas, documentados en distintos momentos del país, los procesos no se concentran. Se dispersan. Un área valida, otra facilita, otra ejecuta. Los recursos se mueven entre proveedores, contratos y patrocinios. Las decisiones se fragmentan y la responsabilidad se diluye. Nadie controla todo, pero todos participan en el resultado. Por eso, cuando algo falla, no hay un punto claro de quiebre. Hay una cadena completa que nunca fue diseñada para detenerse, sino para avanzar. Y eso no es casualidad.

El término “duartista” no es una etiqueta menor. Está ligado al periodo encabezado por César Duarte Jáquez, una administración que terminó marcada por investigaciones por desvío de recursos, detención en Estados Unidos y un proceso de extradición a México. Más allá del desenlace judicial, dejó una forma de operar basada en redes, intermediarios y estructuras que no desaparecen con facilidad.

En ese contexto, lo que ocurre hoy no puede leerse como una suma de decisiones aisladas. Es un modelo que se sostiene porque funciona. Hasta que deja de hacerlo. Porque al final, el problema no es que la ciudad organice eventos ni que la gente asista. El problema es que cuando el sistema está diseñado para avanzar sin detenerse, también lo está para no saber cómo reaccionar cuando algo se rompe.

lourdes

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