Ciudad de México 3 de septiembre._ Son actos primitivos bloquear al presidente.
Obstruirle el paso al primer mandatario evidencia un retorno a la utilización de recursos primitivos de confrontación que, en efecto, reflejan tosquedad, rudeza y simplicidad.
Es decir, primitivismo.
Es que se trata del presidente, pues. Invadir su espacio vital; no dejar pasar; hacer valla, montón, alharaca, bulla; asustar, apabullar, chantajear.
Todo ello revela una renuncia a las estrategias derivadas de la razón y la inteligencia y remite al primitivismo.
O sea, a las formas menos elaboradas para resolver problemas y enfrentar conflictos que se dirimen en esa dimensión del entramado gubernamental.
Las protestas públicas son válidas y deseables cuando persiguen fines legítimos.
El mismo Andrés Manuel López Obrador las promovió y practicó, de ahí que de inmediato surja la necesidad de una comparación entre ambos procederes.
En el caso de AMLO, nunca le obstruyó el paso al presidente en turno.
No recurrió a esa operación tan elemental como extrema (una paradoja), pues habría significado personalizar su lucha centrándola en una sola figura, la del primer mandatario, finalmente coyuntural o secundaria en el contexto de la fuerza que significaba el prianismo y su cofradía de poderes fácticos, y en virtud de la tarea de fondo, estuctural, de la lucha que enarboló por mucho tiempo.
Confrontar físicamente al presidente habría significado trivializar su movimiento.
Opinión: Beatriz Aldaco
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