Con información original de Excélsior
Ciudad de México. Luis Manuel Arellano
El salto evolutivo de la población homínida al homo sapiens lo dio el cerebro. El aumento de su volumen, una mayor irrigación, así como la reorganización en su estructura de tejidos y circuitos determinaron el desarrollo cognitivo.
La masa encefálica, no obstante, sigue adelante en proceso de transformación. Varios investigadores han observado cómo la singular evolución del cerebro se acentúa en la medida que la cultura se expande, diversifica y nutre. El aprendizaje, las nuevas habilidades incluso los emergentes enfoques filosóficos, revelan la plasticidad neuronal y con ello el potencial de conexiones que derivan en nuevas aptitudes.
Al revisar los procesos que permiten al cerebro completar sus capacidades contactándose con las redes culturales de mecanismos extrasomáticos, el antropólogo mexicano Roger Bartra lo advierte pues el misterio de esta conexión radica en que “el circuito neuronal es sensible al hecho de que es incompleto y de que necesita de un suplemento externo”. Y plantea una pregunta crucial: “¿qué podemos esperar de un entorno de prótesis tan altamente sofisticadas e inteligentes como el que se está desarrollando hoy tan rápidamente?
El cuestionamiento de Bartra alcanza un lindero visualizado en la literatura y el cine de ciencia ficción: el siguiente paso evolutivo se está conformando afuera del cuerpo. Dinámica observada infinidad de procesos tecnológicos y científicos pues se ha logrado trasladar las bases operativas de este maravilloso órgano a interfaces neuronales que la imitan. De hecho, la inteligencia artificial ya compite con la inteligencia humana.
Las anotaciones de Bartra se completan por el hecho, subraya, de que la conciencia y el libre albedrío solo pueden comprenderse mediante “las redes que unen los circuitos cerebrales con los tejidos socioculturales”. Éstos últimos configuran lo que el investigador ha llamado “exocerebro”, es decir, “un sistema simbólico de sustitución de circuitos cerebrales incapaces por sí mismos de completar las funciones propias del comportamiento mental de los humanos”.
Las innovaciones tecnológicas de los dispositivos móviles que contienen programas capaces de conversar con nosotros o de escucharnos y resolver dudas, buscar contactos o guiar el automóvil para llegar a direcciones, constituyen quizá la mayor expresión de los cambios observados. Lo irónico es que también marcan una nueva diferencia social, porque no todos están en condiciones de acceder dichos aditamentos de inteligencia artificial.
Si se pone atención, en las tareas cotidianas de mucha gente los “asistentes personales” superan -e incluso lo hacen con gracia- bastantes requerimientos de comunicación que otras personas no pueden ofrecernos (es más confiable preguntarle a Google). ¿Debería sorprender que en ciertos momentos de la jornada la interfaz con máquinas supere nuestra relación con humanos?
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