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Recorren casa de las Poquianchis; asesinas seriales mexicanas

Recientemente un famoso influencer que se dedica a recrear historias a través de visitas a históricas a casas abandonadas, recorrió uno de los más escalofriantes lugares donde Delfina, María de Jesús, Carmen y María Luisa conocidas como «Las poquianchis».

Se trata de la historia de las hermanas González Valenzuela, quienes torturaron a mujeres y niños y cometieron más de 150 asesinatos en Guadalajara y Guanajuato en diferentes casas de seguridad.

La casa donde vivían las Poquianchis

Abandonada, llena de basura y casi a punto de caerse, así luce la casa de las hermanas, donde entró MX Antiguo canal de Aldo Ramos, quien fue advertido por compañeros sobre posibles sucesos paranormales.

La casa ubicada en Guadalajara, fue explorada por Aldo, quien narró cada uno de los rincones de esta propiedad que aparentemente no ha vuelto a ser rehabilitada.

La casa de las Poquianchis aunque ha sido vandalizada, y permanece sin aparentes cambios, aún alberga el nombre de una de las hermanas y restos de lo que un día fue una tortura para las mujeres que prostituían.

 

¿Quiénes eran?

Nacidas en El Salto, Jalisco, las poquianchis nacieron en una familia de carácter disfuncional. Su padre fue un policía del gobierno porfirista, alcohólico que maltrataba a sus familias. Además, se dice que obligó a las hermanas a presenciar la tortura de detenidos durante su infancia.

Por otra parte, la madre de las hermanas González Valenzuela era una fanática religiosa. El maltrato dentro de la familia alcanzó grados extremos, que incluso Carmen González pasó un año encarcelada por su padre.

En 1954, las Poquianchis volvieron a abrir un burdel en Lagos de Moreno, Jalisco. Pese a que la prostitución estaba prohibida en el estado, las hermanas establecieron nexos con autoridades corruptas para estar protegidas.

A su vez, se vincularon con secuestradores en toda la república para conseguir a las mujeres que iban a prostituir. La edad de las víctimas oscilaba entre los 12 y 15 años, quienes eran atraídas bajo la promesa de empleos bien pagados.

Una vez en el burdel, las mujeres eran violadas y golpeadas para someterlas psicológicamente. Inmediatamente eran puestas a trabajar, para ello las poquianchis les proporcionaban ropa y comida a precios arbitrarios para así generar una deuda imposible de pagar.

Cuando las mujeres rebasaban los 25 años de edad, eran asesinadas por los colaboradores masculinos de las hermanas. Algunas otras prostitutas más antiguas se convirtieron en cómplices de las proxenetas, funcionando como celadoras y participando en los homicidios.

 

EDITORIAL

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