Internacional

David Lynch: luces y sombras de un genio

En el documental The art life (El arte de la vida), el cineasta David Lynch habló siempre desde su curiosidad, con la idea clara de ver lo que otros omiten frente a sus ojos.

David Lynch consideraba que las cosas importantes de la vida sucedían fuera de la escuela. “Las relaciones entre personas, la gente bailando en fiestas… y los sueños. Los oscuros y fantásticos sueños”, dijo al periodista Charlie Rose en 2016.

Se parecía a uno de sus personajes más recordados: Jeffrey (interpretado por Kyle MacLachlan) en Blue velvet. Un joven introvertido, inocente, que de pronto se encuentra con algo que probablemente nadie más hubiese visto al caminar por un baldío: una oreja cortada.

“El mundo es un lugar mágico, pero la mayoría de la gente no puede ver lo que hay más allá de lo evidente. Yo siempre he intentado mantener los ojos abiertos”, dijo el realizador, quien falleció a los 78 años.

Esa misma curiosidad lo llevó a estudiar arte a Boston cuando tenía 19 años en la School of the Museum of Fine Arts (Escuela del Museo de Bellas Artes). Tres años después eso mismo a la Pennsylvania Academy of the Fine Arts (Academia de Bellas Artes de Pensilvania).

Ahí, como su Jeffrey en Blue velvet, se alejó cada vez más de sus padres y se encontró cara a cara con lo oscuro: el entorno violento y opresivo de Filadelfia.

“Crecí en una pequeña ciudad en un vecindario que parecía muy tranquilo y hermoso. Pero había algo inquietante, como una oscuridad oculta. Y de alguna manera, esos dos mundos estaban siempre presentes: uno de belleza y tranquilidad, y otro que era más oscuro y peligroso, muchas veces incluso hostil”, ahondó.

 

Surrealismo

Quizá por ello, a Lynch nunca le provocó miedo enfrentarse a la realidad más hostil, y su dualidad.

En 1973, antes del estreno de Eraserhead, le fue necesario recurrir a una técnica para equilibrar sus mundos oscuros y en ocasiones grotescos. Fue la meditación trascendental, instruido por el Maharishi Mahesh Yogi, gurú de The Beatles, donde encontró la paz.

“Encontré un océano de pureza, lleno de conciencia. Te sumerges y es hermoso”, compartía hace nueve años el artista.

Lynch pintaba, conversaba de forma elocuente, de pronto se reía, compartía su paciencia, contrastando con su cine: surreal, confuso, entramado, visceral.

EDITORIAL

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