López Obrador y la inevitable crítica

El manejo de la crítica es indicador de gobernabilidad por lo cual todo gobernante está en condiciones de distinguir qué razones la motivan, sobre todo cuando se proyecta dentro de campañas abiertamente dirigidas a desacreditar y debilitar

Con información original de Excélsior 

01 de Octubre de 2018

La crítica es consustancial al ejercicio del poder. Siempre ha existido. En los regímenes democráticos cuestionar constituye un derecho que se potencia con la libertad de expresión, el mercado de la comunicación, la lucha por audiencias y anunciantes, así como la dinámica creciente de las redes sociales.

¿Qué hacen con ella quienes gobiernan? En México se ha simulado escucharla o se le enfrenta abiertamente con diferentes recursos, incluida la presión y la coacción. Están documentadas respuestas violentas e incluso el homicidio, pero también casos en los que la crítica se aceptó para modificar decisiones de trascendencia política, económica o en materia de justicia.

Sin duda, el manejo de la crítica es indicador de gobernabilidad por lo cual todo gobernante está en condiciones de distinguir qué razones la motivan, sobre todo cuando se proyecta dentro de campañas abiertamente dirigidas a desacreditar y debilitar. ¿Alguien duda que haya “profesionales” de la crítica, especializados u obsesionados en el mismo tema, sobre el que escriben u opinan diariamente?

En un entorno formal de gobierno que busque credibilidad, recibir y atender críticas debería constituir señal de buen camino, humildad y madurez. Pero la realidad es otra, pues una parte de la opinión pública cuestionadora asume que reconocer errores es sinónimo de debilidad e incapacidad para mandar. Por eso en México raras veces la crítica es bien recibida. Se impone la creencia de que cualquier desaprobación, duda u objeción pública puede crecer como bola de nieve y generar serios problemas, particularmente en el contexto de las fake news.

La transición del gobierno de Enrique Peña Nieto al gobierno de Andrés Manuel López Obrador difícilmente podría entenderse sin valorar este ingrediente. Tanto uno como el otro han acompañado sus carreras políticas en contextos de crítica perversa y manipuladora generada con fines de desestabilización. Como presidente constitucional el primero buscó influir en la configuración del análisis y de la crítica sin lograrlo. El segundo también va a intentarlo pero difícilmente podrá conseguirlo porque la objeción es sombra del poder. Y en este país donde muchos son derrotados política, partidista e ideológicamente, el camino del cuestionamiento sistemático e incluso radical aparece como recursos para resistir o de plano continuar luchando.

Esto bien lo sabe López Obrador quien, durante años, supo capitalizar los duros cuestionamientos que Peña Nieto recibió a lo largo de su accidentado gobierno. ¿Podría sorprenderle que la misma fórmula ahora se le aplique a él? Por supuesto que no. Sin embargo, sí puede desplegar una táctica distinta para ubicarla en su dimensión política y eso sólo se logrará si reconoce el papel que los cuestionamientos tienen para la estabilidad de su gobierno. Hasta el momento sólo se ha animado a llamar fifís a sus críticos, lo cual podría rayar en lo anecdótico ya que aún no toma posesión del cargo y es demasiado pronto para visualizar por dónde llevará su estrategia de medios. La semilla de la duda, no obstante, ahí está.

Dado que cualquier alto funcionario o dirigente político puede distinguir discernimientos de infundios, se impone la necesidad de elegir qué hará la nueva administración, si ignorarlos o enfrentarlos, ya que los dictámenes cuestionadores al final de cuentas son condición sine quanon para la gobernabilidad. ¿Cómo librará López Obrador, desde Palacio Nacional, los duros cuestionamientos que ha estado recibiendo últimamente y que se suman a las descalificaciones recibidas antes de ganar la contienda presidencial? En distintos momentos el político tabasqueño ha dejado saber su hipersensibilidad, por demás inocultable, a la descalificación hacia su persona, su partido y sus promesas de campaña. Esa característica se matizó con su apabullante triunfo electoral, pero no ha desaparecido.

De hecho, resultaría sano que su equipo reconozca el entorno de señalamientos -insisto, muchos tendenciosos- para separarlos de su estrategia de comunicación institucional, ya que constituyen dos dimensiones completamente diferentes sino es que opuestas.

Influir en la opinión pública es expresión de gobierno y cuando asuma el cargo, López Obrador podrá hacerlo de manera abierta porque estará obligado a informar y rendir cuentas. La aprobación social es consecuencia no sólo de crear y ejecutar programas sino de comunicarlos. Para eso tiene recursos y el aparato de Estado es consustancial a su cargo.

Pero otra cosa será mantener una confrontación con el ejército de críticos que se ha formado para hacerlo tropezar y mellar en su mayor capital político, es decir, en su credibilidad. No es un asunto de dinero invertido como inicialmente podría haberse sugerido.

Puede gastarse mucho o poco en comunicación social sin que ello modifique la imagen, pero de que ayuda ayuda. La crítica desde los medios de comunicación, convencionales, pero también emergentes, así como desde redes sociales es un derecho constitucional y parte consustancial del sistema político mexicano. Para enfrentarlo hay que entenderlo.

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