¿A dónde se van en realidad todos nuestros impuestos?

Nuestro transporte público es escaso, ineficiente y en horas pico se convierten en verdaderas pesadillas urbanas.

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Ciudad de México, 27 Oct.-  ¿Quién no ha padecido las carencias de unidades, espacio, eficiencia y puntualidad en nuestros diversos sistemas de transporte público? Es en verdad lamentable cómo prevalecen unidades en mal estado, fallas continuas (hace algunas horas se incendió un vagón de la línea 1 del metro), e insuficiencia de unidades para transportar a millones de ciudadanos día con día a lo largo y ancho esta enorme, compleja y difícil Ciudad de México.

Del autor de “Mexicanos al grito de güeva”, Alejandro Herrera, les comparto esta viñeta llena de humor, sarcasmo y realidad, que espero disfruten.

“EL METRO

(Pesadilla urbana underground)

Digamos que uno ya bajó ileso de la destartalada microbusera y se dirige a tomar el sistema de transporte colectivo por excelencia: el metro.

Imaginemos, también, que es una estación terminal. De inmediato puede uno percibir una clara sensación de aglomeración, basura, fritangas, peste y desorden por todas partes. Vista desde arriba toda esta área, semeja ser un lugar inhóspito y sobre poblado de alguna de las películas de Mad Max.

Decenas y decenas de microbuseras estacionándose, moviéndose, estorbándose y escupiendo pasaje a diestra y siniestra. Diálogos entre los choferes que el mismo Lovecraft hubiera envidiado para cualesquiera de sus personajes monstruosos, un olor a carnitas, tamal, tripa, gordita, cebo, basura, quesadilla, meados de perro y de humano, diesel, balatas, charcos con desperdicios de fritangas descomponiéndose, periódicos deportivos y de golfas encueradas frente a los cuales hay parados y estorbando veinte o más sujetos morbosos para enterarse de los resultados de sus equipos favoritos, vendedores ofreciendo rastrillos, chocolates de diversos tamaños y sabores, churros, tortas, pilas, lámparas, lupas, plumas de cinco colores, revistas de crucigramas, juguetes, chicles, libritos de matemáticas, navajas multiusos, agendas ejecutivas, diarios, crayones, periódicos de izquierda por cooperación voluntaria… entre otros muchos productos.

Estos productos, en el mejor de los casos, son de los puestos ambulantes; también hay que tener en cuenta todos los puestos semi establecidos y los vendedores “a pie” que venden muchos más artículos de toda clase.

Justo a través de estos improvisados y sucios puestos tiene uno que caminar siguiendo colas de personas que continuamente se detienen para ver algo que nunca van a comprar ni necesitan.

Una vez que logra uno llegar a las escaleras de la entrada del metro, se experimenta una cierta tranquilidad y certidumbre de que se va por el camino correcto.

Justo en estas destartaladas escaleras se encuentran personas de distintas edades pidiendo limosna en estados de miseria realmente deplorables… Después de caminar y serpentear entre la multitud, por fin se llega a la cola de las taquillas. Por lo general atrás de dichas taquillas están señoras inmutables que no responden a ningún llamado. Como autómatas, simplemente dan los boletos y sacan de la ventanilla sus regordetes dedos para recoger las monedas. Parecen una especie de esfinges egipcias con máscaras tarascas inexpresivas.

Bueno, ya por fin con los boletos, uno se siente más tranquilo y por momentos hasta optimista. Al momento de llegar a las plataformas, uno se forma o se acomoda con disciplina en el lugar en el cual se piensa va a quedar la puerta de uno de los vagones del tren. Poco a poco empiezan a llegar más y más sujetos que se acomodan como pueden y se les antoja, y justo al momento en el que llega el tren y se abren las puertas, estos casi animales se empujan entre sí y entran como salvajes sin importarles quién llegó primero.

Ya una vez adentro y aplastados en los asientos, sonríen estúpidamente como bestias satisfechas de su astuta conducta primitiva. Según ellos fueron más hábiles e inteligentes y por eso siempre se van sentados. Uno es el idiota que supone que hay que ser civilizados y ordenados para hacer cola y respetar la llegada de cada pasajero.

Esto en México es una verdadera aberración; no se puede ser educado ni civilizado, ya que se toma como sinónimo de pendejez, lentitud y hasta cobardía. En fin, pertenecemos –queramos o no admitirlo– a la inmarcesible y fecunda cultura del gandaya.

Supongamos que uno pudo sentarse. De nuevo puede tocarnos a nuestro lado otra de las citadas gladiadoras, de los musculosos gañanes o del insufrible burócrata altanero.

Una vez más se tiene uno que echar toda la mercadotecnia aplicada al transporte y volver a escuchar las ofertas de varios e inútiles productos.

Siendo idealistas, si pretende uno poder leer concentradamente, resulta imposible porque de pronto una voz fingidamente chillona y estridente irrumpe con mensajes similares a este:

Mire, damita y caballero, artículos de calidad le traé y le viene ofreciendo esta maravillosa oferta linda pluma multiusos de varios colores mire para que no pague más en otro lugar le traigo esta pluma de varios colores le vale cinco pesos le cuesta cinco pesos llévela ahora la pluma de varios colores le cuesta cinco pesos le vale cinco pesos mire es suya por sólo cinco pesos productos de calidad le ofrece pluma de varios colores para la casa la escuela el trabajo la oficina para cualquier ocasión mire le cuesta cinco pesos le vale cinco pesos llévela…

El vendedor(a) y su particular voz lentamente se pierden al salir del vagón y dirigirse al contiguo.

Uno supone con magnánima ingenuidad que ya se podrá leer más o menos con tranquilidad. Iluso deseo.

De inmediato empieza uno a escuchar los siniestros y cursis acordes de alguna de las baladas tipo hotel de paso de nuestro insigne Príncipe de la canción en voz de un pobre invidente quien, acompañado de su bastón, de su teclado y amplificador, empieza a interpretar –a su manera– a este ilustre y populachero paladín de la canción romántica mexicana del último tercio del siglo XX.

Imagínese usted a la gran cantidad de personas dentro del vagón y como una tendencia cultural de nuestra nación, siempre amontonadas en las puertas, y este pobre desafortunado cantor tratando de expresar su habilidad artística y de abrirse paso a través de esa masa amorfa y pestilente que diariamente y por millones, ocupa todas las líneas del transporte colectivo por excelencia en nuestra inhóspita y delictiva ciudad-capital.

Con lentitud manifiesta, pasa frente a nosotros este desafortunado trovador, acompañado de otra persona en la misma triste situación, quien llevando en el brazo un vaso de plástico recolecta las escasas monedas que se les dan.

Porque otro aspecto que hay que destacar ahora mismo, es que el mexicano, en general, es del todo indiferente a este tipo de situaciones. Es del todo falsa tanta estupidez esquizofrénica que trata de mentir, a partir de los terremotos del 85, sosteniendo que somos una sociedad unida, cordial y atenta. Patrañas.

A la par de todo esto y hasta no llegar a estaciones en las cuales se transborda, la gente empieza a abarrotar el vagón. El aire –de por sí bastante escaso y enrarecido– escasea y un sentimiento de claustrofobia nos invade y quisiéramos salir lo antes posible.

Pero no; uno tiene que manifestar siempre y en todo lugar su templanza, madurez, estoicismo y la total resignación por vivir en esta enloquecida y desquiciada ciudad.

De hecho, para sobrevivir no sólo en esta ciudad sino en este país de caricatura, existen básicamente cuatro posturas posibles:

1.- Aceptarlo tal cual es y lo será sin ningún remedio posible.

2.- Reírse de la situación y tratar de sacar el máximo provecho de las circunstancias.

3.- Maldecirlo, odiarlo y amargarse irremisiblemente.

4.- Dejarlo tan rápido como sea posible.

Ante todo lo anterior, al carajo la lectura y las intenciones de aprovechar el tiempo mientras uno se transporta a su trabajo. Dentro de cada vagón, todas las caras se evitan, los ceños se fruncen, los olores se exacerban… y allá, lejanos y débilmente perceptibles, se empiezan a escuchar los tonos chillones y lastimeros de otro vendedor de música populachera o de cualquier otro producto de pésima hechura.

Mire damita y caballero le traigo de productos especiales internacionales una oferta única para usted que no debe desaprovechar mire es la gran navaja multiusos para cualquier ocasión para ese regalito presente detalle mire le cuesta sólo diez pesos le vale diez pesos para la damita el caballero para cualquier ocasión mire le traigo la navaja multiusos…

Al momento necesario, se levanta uno y se empieza a acercar como se puede a través de la masa arriba citada.

¿Va a bajar? Sí… Con permiso, permisito, dame chance maestro, a ver valedor ahí te va, bajan…

Una vez frente a las puertas, se prepara uno para recibir a otra masa igualmente amorfa y pestilente que entrará como si fueran bueyes en estampida sin ninguna muestra de civilidad y educación.

El caso es simple: ellos o uno.

Por eso vengan los empujones, venga el salvajismo y chingue a su madre quien sea.

Uno aprende, madura y se vuelve un ciudadano gandaya, es decir, a la mexicana. ¡Viva México cabrones!

Por fin, después de salir del vagón, uno se encamina hacia la otra línea para trasbordar. Particularmente las estaciones de trasborde son en realidad patéticas, apestosas y saturadas de gente, negocios, olores de meados, comidas chatarra de todo tipo (pizzas, tortas gigantes, hot dogs, hamburguesas, tacos de canasta, refrescos, pan de dulce, jugos, sincronizadas, sandwiches) en fin, todo un verdadero y asqueroso mercado sin ventilación, higiene ni orden. La falta de aire respirable y el calor resultan abrumadores y uno lo que más desea y requiere es salir a la calle y respirar aire, aunque sea contaminado y lleno de plomo.

A través de los ríos de gente, uno empieza a distinguir la ansiada salida y siente el incipiente pero necesitado aire.

Al subir las escaleras para salir a la calle, de nuevo una colección de mendigos de todas edades, tamaños y procedencias, empiezan a pedir limosna con sinceras caras de hambre.

Pero uno ya está hasta la puta madre, harto, cansado, mareado, sudado, sin monedas, y lo único que se quiere es llegar a la oficina, sentarse, abrir las ventanas y desconectarse de todo este espeluznante carnaval grotesco, insufrible y cotidiano. Sólo para iniciar, sin otro remedio posible, otra jornada laboral infernal”

Espero les haya divertido e ilustrado.

Hasta la próxima…

Lic. Mariana Bustamante Castillo

La autora es Psicóloga Social, Ensayista en varios portales y blogs, y está al frente de la Dirección y Producción del Proyecto: “Capsulas para la Inteligencia”, que se difunde a través de youtube

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